El aumento mundial en el precio de los alimentos: ¿cómo enfrentar el problema?

21 July 2008

Nuevas y potentes fuerzas de cambio en la ecuación alimentaria mundial están transformando el consumo, la producción y los mercados de alimentos. A diferencia del patrón que predominó en las últimas décadas, hoy día, el sistema agrícola mundial está en gran medida impulsado por la demanda.

Debido al aumento de los ingresos en las economías emergentes, la globalización y la urbanización, la demanda de productos agrícolas seguirá creciendo y se desplazará hacia productos básicos de alto valor. Es probable que continúe el elevado consumo mundial de cereales, impulsado en parte por la expansión de los biocombustibles y la demanda de alimentos para ganado. En ese sentido, el International Food Policy Research Institute (IFPRI) ha proyectado que para 2015 la demanda de cereales aumentará hasta en un 20 por ciento en todas las regiones1.

La lenta respuesta de la producción

Del lado de la oferta, el crecimiento general de la productividad agrícola ha sido demasiado lento para hacerle frente al aumento de la demanda. Entre el 2000 y el 2006, la oferta de cereales creció en un escaso 8 por ciento y las reservas cayeron a niveles bajos. La respuesta de la producción a los altos precios se ve entorpecida principalmente por limitaciones en materia de tierras cultivables y de agua, así como por una insuficiente inversión en la innovación agrícola.

Una mayor producción –impulsada por mejores rendimientos y no por expansiones de la superficie cultivada– y una mejor productividad requieren inversiones considerables en la investigación y el desarrollo, los servicios y los sistemas de suministro de insumos. El cambio climático y el rápido crecimiento demográfico intensifican aún más la necesidad de aumentar la inversión en la ciencia y tecnología agrícola. Aún así, el crecimiento del gasto público mundial en la investigación y el desarrollo agrícolas ha disminuido, especialmente en los países desarrollados.

Otros factores importantes que explican los aumentos drásticos de los precios de productos agrícolas son los factores negativos que han impactado la producción (por ejemplo, la sequía en Australia) y las bajas reservas de granos, lo que hace que los mercados sean más volátiles. El flujo de capital especulativo de los inversionistas financieros, quienes están cada vez más interesados en los precios crecientes de los productos básicos, también contribuye a aumentar la volatilidad de los precios de los alimentos.

Continuará la tendencia alcista en los precios de muchos productos clave

El aumento en los precios de los productos agrícolas ha sido realmente drástico. Desde el 2000 –un año de precios bajos– el precio del trigo se ha cuadruplicado, el precio del maíz casi se ha triplicado y el precio del arroz ha aumentado más del doble2. Cuando estas cifras se ajustan de acuerdo con la depreciación del dólar estadounidense, los aumentos de precios son menores, aunque siguen siendo drásticos, y con frecuencia tienen graves repercusiones en el poder adquisitivo de los pobres.

El análisis del escenario mundial realizado por el IFPRI sugiere que los precios mundiales reales de los cereales y la carne seguirán siendo altos. Si bien es posible que los actuales precios pico no se mantengan a largo plazo, los precios del arroz, el trigo y el maíz aumentarán entre un 20 y un 30 por ciento para el año 2015. Mientras tanto, se proyecta un crecimiento de hasta un 10 por ciento en los precios de la carne de res, de cerdo y de pollo. Estas proyecciones no toman en cuenta los aumentos actuales provocados por políticas comerciales, como las que restringen las exportaciones.

Los energéticos y los biocombustibles

La producción de biocombustibles contribuye a la cambiante ecuación alimentaria mundial y afecta desfavorablemente a los pobres por los efectos que tiene en el nivel y la volatilidad de los precios, y por los programas de bioenergéticos mal diseñados. Los aumentos en la producción de etanol y biodiesel, que en su mayor parte proviene de maíz y semillas oleaginosas, tendrán un efecto considerable en los precios agrícolas debido a que actualmente existe una estrecha correlación con los precios de los energéticos. Los modelos del IFPRI prevén que, hasta 2020, la expansión de los biocombustibles puede dar como resultado, ceteris paribus, aumentos del 26 por ciento en el precio del maíz y del 18 por ciento en el de las semillas oleaginosas3.

La implicación más preocupante es que los precios volátiles de los energéticos se traducirán en mayores fluctuaciones en los precios de los alimentos. Algunos gobiernos han adoptado regímenes de subsidios a los biocombustibles y los cultivos energéticos que debilitan las ventajas comparativas de los países en desarrollo. Las subvenciones a los biocombustibles que usan los recursos de la producción agrícola, actúan como un impuesto implícito sobre los alimentos básicos que representan gran parte del presupuesto de los pobres. Por esta razón, para muchos países tiene sentido esperar a que surjan tecnologías más eficientes, para saltar directamente a ellas sin pasar por las tecnologías actuales.

Respecto al cambio climático, se espera que éste tenga un impacto perjudicial en la producción agrícola. Los países en desarrollo con capacidades de adaptación limitadas experimentarán las mayores pérdidas de producción y un aumento en la inseguridad alimentaria. En muchos países africanos, por ejemplo, la producción agrícola se verá afectada negativamente, lo cual incrementará la inseguridad alimentaria y la desnutrición.

Aunque existen estrategias viables que permitirían mitigar los impactos negativos en el sector agrícola del mundo en desarrollo, primero es necesario superar algunas limitaciones cruciales. Por ejemplo, se debe negociar un régimen de cambio climático internacional “post Kyoto” nuevo y más amplio; además, se requieren normas justas que regulen el acceso al comercio de carbono.

El impacto en las poblaciones pobres

Los precios agrícolas elevados tendrán impactos asimétricos en los diferentes países y grupos demográficos. Los países exportadores netos se beneficiarán con los términos mejorados de comercio, aunque algunos están perdiendo esta oportunidad al imponer prohibiciones a las exportaciones con afán de proteger a los consumidores.

Sin embargo, los importadores netos tendrán dificultades para satisfacer la demanda interna de alimentos para consumo humano y de ganado, o tendrán que pagar altas subvenciones para proteger a los consumidores de los aumentos de precios. Dado que casi todos los países africanos son importadores netos de cereales, éstos se verán gravemente afectados.

Los precios crecientes y volátiles de los alimentos afectan de manera más dramática a aquellos que menos tienen: las personas pobres y las que sufren por inseguridad alimentaria. Las pocas familias pobres que son vendedoras netas de alimentos podrían beneficiarse con los precios altos, pero las que son compradoras netas –la enorme mayoría– se verán perjudicadas. Aunque pasará un tiempo hasta que los ajustes en salarios, empleos y flujos de capital a la economía rural lleguen a las poblaciones pobres, existen oportunidades para transformar este desafío en ventajas para ellas.

La nutrición de los pobres está en riesgo, puesto que las alzas en los precios de los alimentos los inducirán a limitar su consumo y a adoptar dietas menos balanceadas que las actuales, con los consecuentes impactos negativos sobre
la salud.

Alrededor de 160 millones de personas continúan viviendo en la pobreza extrema, con menos de 50 centavos al día. En los países de bajos ingresos, un aumento del uno por ciento en el precio de los alimentos suele provocar una disminución del 0.75 por ciento en el gasto en alimentos4. A nivel familiar, entre el 50 y el 60 por ciento del presupuesto total de los pobres se destina a la alimentación. Para una familia de cinco personas que subsiste con US$1 por persona al día, un aumento del 50 por ciento en los precios de los alimentos sustrae hasta US$1.50 de su presupuesto de US$5 y esta carga aumenta por los crecientes costos de los energéticos.

Las respuestas de los gobiernos hasta este momento

En un intento por reducir al mínimo los efectos de los altos precios de los alimentos sobre sus poblaciones, muchos países están tomando medidas desesperadas que podrían convertirse en políticas fallidas.

Argentina, Bolivia, Camboya, China, Egipto, Etiopía, India, Indonesia, Kazajstán, México, Pakistán, Rusia, Senegal, Tanzania, Tailandia, Ucrania, Venezuela y Vietnam están entre los países que han impuesto restricciones a las exportaciones, controles de precios o ambas cosas. China, por ejemplo, ha prohibido las exportaciones de arroz y maíz. India ha hecho lo mismo con las legumbres secas y el arroz distinto del basmati, y elevó el precio mínimo de exportación del arroz basmati. Argentina ha aumentado los impuestos a las exportaciones de soja, maíz, trigo y carne vacuna, mientras que Etiopía y Tanzania han prohibido las exportaciones de los principales cereales.

Otras naciones, incluyendo los países en desarrollo que son importadores netos de alimentos, han reducido los obstáculos a la importación. Marruecos, por ejemplo, ha disminuido del 130 al 2.5 por ciento los aranceles a las importaciones de trigo; Nigeria ha bajado del 100 al 2.7 por ciento los derechos aduaneros a la importación de arroz; Perú ha eliminado los impuestos a la importación de trigo y maíz; y Senegal ha dejado de cobrar aranceles a las importaciones de cereales.

Aunque es posible que estas políticas de respuesta reduzcan los riesgos de que haya escasez de alimentos a corto plazo, es probable que produzcan un efecto indeseado al reducir el tamaño del mercado internacional y hacerlo más volátil. Los controles de precios reducen los incentivos para que los agricultores produzcan más, y desvían los recursos y la ayuda hacia personas que en realidad no los necesitan.

Por un lado, las restricciones a las exportaciones y las subvenciones a las importaciones perjudican a los socios comerciales que dependen de las importaciones, y por el otro, dan incentivos erróneos a los agricultores al reducir el tamaño de sus mercados potenciales. Toda estrategia a largo plazo encaminada a estabilizar los precios de los alimentos deberá incluir un aumento de la producción agrícola.

Las acciones de política requeridas

En muchos países, los incrementos en el costo de los alimentos cumplen hoy día un papel preponderante en el aumento de la inflación, así como en el deterioro de los medios de subsistencia y la seguridad alimentaria. Sería una política equivocada enfrentar estas causas específicas de la inflación con instrumentos macroeconómicos generales. Más bien, se requieren políticas concretas relacionadas con el mercado y la productividad para contrarrestar las causas y las consecuencias de los altos precios de los alimentos. Esta nueva situación exige políticas de acción eficaces y coherentes en cinco áreas:

  • Los países desarrollados deben facilitar respuestas flexibles a las alzas de precios eliminando los obstáculos al comercio. Los subsidios a los biocombustibles y las cuotas de mezcla excesivas deben ser abolidos; además, se debe considerar implementar una moratoria a gran escala y por varios meses a los biocombustibles producidos a partir de granos y semillas oleaginosas. Asimismo, se deben eliminar los programas que ponen en reserva los recursos agrícolas, excepto en zonas de conservación bien definidas. Si bien ha habido cierto avance en reducir políticas que producen distorsiones en el comercio, muchas todavía persisten, y los países pobres no pueden enfrentarlas. La nueva situación alimentaria está cambiando los regímenes comerciales en muchos países, y esto inevitablemente tendrá implicaciones importantes en las negociaciones de la Ronda de Doha, las cuales deberían concluirse.
  • Para alcanzar un crecimiento agrícola a largo plazo, los países en desarrollo deben aumentar sus inversiones a corto y mediano plazo en la investigación y extensión agrícolas, en la infraestructura rural y en las instituciones de mercado. Se debe poner fin a las políticas que distorsionan el comercio, que los países utilizan para perjudicarse unos a otros. Así también, las intervenciones e inversiones de los gobiernos se deben complementar con buenas prácticas de gobernabilidad.
  • Para enfrentar el problema a largo plazo de cómo aumentar la producción, se necesita invertir en ciencia y tecnología agrícola a escala nacional y mundial. Una iniciativa mundial en esta materia, dirigida a acelerar la productividad agrícola, tiene sentido económico, favorece a los pobres, es sostenible y refuerza la seguridad.
  • También se requieren acciones mundiales para calmar rápidamente a los mercados, como por ejemplo, hacer que el comercio de futuros de productos básicos sea más costoso y establecer una regulación adecuada para ese tipo de mercados. Asimismo, como se mencionó arriba, se requiere la implementación de una moratoria temporal a los biocombustibles derivados de los granos y las semillas oleaginosas. También se necesitaría establecer una reserva mundial y pública de granos, por ejemplo, en forma de un conjunto coordinado de compromisos asumido por una ‘coalición de naciones que se preocupan’, conformada por los principales países productores de granos, que haría entregas coordinadas del grano de esa reserva si los precios aumentaran de manera excesiva.
  • Los graves riesgos que enfrentan las poblaciones pobres debido a la disminuida disponibilidad de alimentos, los altos precios y el acceso limitado a oportunidades que generen ingresos, ameritan iniciativas integrales de protección social en materia de alimentación y nutrición. Como parte de una respuesta mundial, también es necesario aumentar los recursos del Programa Mundial de Alimentos. En tal sentido, se requiere que las redes de seguridad social tales como las transferencias de alimentos o de dinero, se orienten a las personas más pobres, dando énfasis a la nutrición durante la infancia temprana.

1 von Braun, Joachim. 2007. The World Food Situation – New driving forces and required actions. IFPRI. Washington, D.C.
2 FAO. 2008. International commodity prices database.
3 von Braun, Joachim. 2007. When Food Makes Fuel – The promises and challenges of biofuels. Crawford Fund. Canberra.
4 Regmi, Anita et al. 2001. “Cross-country Analysis of Food Consumption Patterns” en Changing Structure of Global Food Consumption and Trade. US Department of Agriculture Economic Research Service. Washington, D.C.

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