México 1982-2010: las vicisitudes de una economía liberalizada

3 November 2011

Alicia Puyana*

Existe creciente insatisfacción con la trayectoria seguida por la economía mexicana desde que, a partir de diciembre de 1982, el gobierno iniciara la instrumentación de las reformas económicas, con énfasis en la privatización del patrimonio público, la liberalización del comercio y de la cuenta de capitales. Hoy la mexicana es una economía abierta, con flujos de bienes y capitales libres y los efectos cosechados de estos cambios distan mucho de los esperados. La economía perdió el dinamismo de la industrialización liderada por el Estado y ha sufrido repetidas crisis, siendo la de 2008 la que castigó a México más que a ningún otro país latinoamericano.

El tema más debatido hoy es el desfase entre los objetivos y los logros del TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte) si se considera que los países celebran acuerdos de integración económica regional en procura de sus intereses económicos, políticos y sociales, cuando concluye que ni el proteccionismo ni el libre cambio universal garantizan su logro. Durante varios años se prometió que México convergiría con los EE.UU. en bienestar económico y en desarrollo institucional. Vinculando los precios internos a los externos, México dejaría de producir, e importaría lo que EE.UU. produce y exporta a menores precios y, por lo tanto, se especializaría en lo que hace eficientemente y a menores costos que su socio del norte. De esta forma, crecería la productividad laboral por cambios en la ubicación del capital, la mano de obra y la tierra, transitando de las actividades ineficientes a las eficientes. Por ejemplo, se reduciría el empleo agrícola total por el desplazamiento de los pequeños productores de maíz, fríjol y otros cereales, y pasarían a la producción y las exportaciones de frutas y hortalizas. Del mismo modo, cambiaría el balance comercial sectorial.

Apertura comercial

Quizás la reforma más importante fue la liberalización del régimen de comercio exterior, iniciada con la apertura unilateral para ingresar al GATT, de la cual el TLCAN es un complemento, negociado en condiciones de gran asimetría en tamaño y productividad de las economías, tradición institucional y valoración del acuerdo a firmar. Los compromisos pactados reflejan estas asimetrías y el desigual poder de negociación. México no logró un trato preferencial de sustancia en el ritmo de la desgravación y otorgó a los productos provenientes de los EE.UU. mayor protección en su mercado en comparación con el tratamiento que sus exportaciones reciben en ese mercado frente a las importaciones del resto del mundo[1]. Tampoco aseguró el mercado de los EE.UU. pues los acuerdos comerciales que éste firmó solamente en 1995 redujeron en 50% las ventajas arancelarias concedidas a México y sus productos de exportación de mayor interés: tomate, verduras y frutas, atún, jugos y concentrados de naranja, estuvieron sujetos a una desgravación lenta y a cuotas por estacionalidad. Las mayores desventajas se plasmaron en los acuerdos sobre el sector agropecuario, cuya apertura resultaba riesgosa para México dados el carácter dual del sector y su baja productividad, casi cuatro veces inferior productividad de la economía nacional y más veces inferior a la productividad de la agricultura estadounidense. Las importaciones mexicanas de maíz y otros granos, se  abrieron totalmente desde el primer día.

Además de un convenio comercial, el TLCAN abrió los mercados de capitales, lo que constituyó la joya de la corona que el tratado otorgó a los EE.UU. La desgravación pactada en el sector manufacturero fue más intensa y acelerada para los bienes intensivos en mano de obra y de mayor peso en la estructura del PIB y el empleo totales, mientras que los sectores con mayor intensidad de capital e inversiones extranjeras se mantuvieron protegidos.

Entre 1983 y 2010 las exportaciones crecieron a una tasa promedio anual de 9,3%; cerca de 3,4% puntos porcentuales por encima de las registradas en el período 1940-1982. Es decir, pasaron de menos del 2% del PIB en los primeros años de la década de los setentas a cerca del 35% en 2010. Este resultado fue alcanzado por el avance de las exportaciones de manufacturas basadas en la maquila y el retroceso relativo de las exportaciones petroleras.

Gráfico 1
Exportaciones e importaciones de mercancías y servicios como porcentaje del PIB 1940-2010

Fuente: INEGI. Sistema de Cuentas Nacionales de México. Banco de México. Elaboración propia.

En las exportaciones totales las exportaciones manufactureras fueron el factor más dinámico. De  1980 a 2010 éstas crecieron a una tasa anual de 14,3%. Las ventas externas agropecuarias crecieron a una tasa anual de 7%, casi cuatro puntos por arriba de lo registrado en el período 1940-1982. Con tan diferentes ritmos de expansión de los distintos bienes exportados, la composición de las exportaciones se transformó. Las exportaciones mineras (básicamente petróleo crudo) que en 1981 representaban el 74,1% del total de exportaciones, para el año 2010 se habían reducido a menos del 10%. En contraste, las exportaciones del sector manufacturero pasaron del 26,9% del total en 1980 a casi el 80% en el año 2010.

Las importaciones de mercancías también registraron un crecimiento espectacular. Entre 1950 y 1980, representaron en promedio alrededor del 5% del PIB, y en 2010 ascendieron a 29% del PIB (ver gráfico 1. El efecto de las exportaciones va más allá del balance comercial. Las exportaciones netas (residuo al restar a las exportaciones los insumos importados) son negativas, lo cual  indica la incorporación progresiva de valor agregado importado en la elaboración de las manufacturas para la exportación. Es un proceso de sustitución de trabajo nacional por importado a lo largo de las cadenas productivas. Por ello, las exportaciones brutas mexicanas no reflejan su verdadero peso en la demanda agregada nacional. Esto es particularmente agudo en el caso de las exportaciones realizadas bajo el régimen de la maquila, y de los otros programas de importación temporal para las exportaciones. Así por ejemplo, en 2005, las exportaciones brutas de maquila representaron el 12,7% del PIB, una cifra importante ciertamente, la cual al sustraerle el valor de las exportaciones netas de maquila (exportaciones brutas menos las importaciones necesarias para producirlas) se reduce a un mero 2,9% del PIB, es decir a una cifra más de cuatro veces inferior. La actividad maquiladora aporta menos del 3,0% al valor agregado nacional. A pesar de las exportaciones de petróleo, las ventas externas no maquila tienen saldo negativo, salvo en 1983, como efecto de la contracción de la economía mexicana, por la crisis de la deuda y la salida masiva de capitales de 1982.

El gráfico No. 2 ilustra el comercio de manufacturas.  Hay que enfatizar que todas las ramas, excepto las de minerales no metálicos, presentan déficit comercial sostenido desde 1990. Entre 1990 y 2010, el sector manufacturero acumuló un déficit comercial de US$ 760 mil millones los que, al descontar las ventas de la maquila, se reducirían a US$ 500 mil millones.

Gráfico 2
Exportaciones e importaciones de manufacturas. 1990-2010
Miles de dólares

Fuente: Cálculos propios en base de INEGI, SNCN, información en línea.

Esta es la principal razón de que el crecimiento de las exportaciones tenga tan limitado efecto en el crecimiento del PIB nacional y que haya una relación negativa, pero no significativa, entre el crecimiento del PIB y el del índice de apertura de la economía, entre 1965 a 2010, Gráfica 3. Resultados similares se obtienen al hacer el ejercicio tomando solamente la apertura exportadora del PIB. Si bien el R cuadrado se eleva un tanto, no significativamente[2].

Gráfico 3

Relación entre crecimiento de las exportaciones y crecimiento del PIB

Fuentes: Elaboración propia, basada en INEGI. Sistema de Cuentas Nacionales de México. Banco de México. Información en línea.

Durante dos períodos las importaciones presentaron una creciente elasticidad ingreso, con la cual se puede sugerir que la brecha externa, en lugar de reducirse con la liberalización económica y el TLCAN, se agudizó. La demanda de importaciones permite establecer cuánto puede crecer el PIB por una determinada expansión de las exportaciones.  Después de las reformas, cada peso de crecimiento del PIB demanda importaciones por 47 centavos, ocho veces más respecto de la demanda de importaciones durante 1940-1982. Tan elevada propensión a importar imposibilita mantener el actual balance en la cuenta corriente y dinamizar la economía al ritmo requerido para ocupar la fuerza laboral que anualmente se incorpora al mercado del trabajo[3]. Al respecto no se han aplicado políticas fiscales contra-cíclicas. Se prefiere proteger el balance comercial y corriente, con lo cual se elimina el margen de libertad necesario para estabilizar la economía, cuyo crecimiento depende cada vez más de la trayectoria de la economía estadounidense.

La apertura de la cuenta de capitales

La teoría concede que hay desventajas en la apertura del mercado de capitales. Por varias razones, los flujos de capital externo crecen en épocas de auge y se reducen en las recesiones, como lo sucedido en México durante las crisis de 1982, 1994 y 2008. Grandes entradas de capital inducen salidas abruptas sin que medie razón alguna para el cambio, e incluso se contagien a países con "fundamentos" sólidos. La lección de la crisis de Argentina y la crisis financiera de 2008 es que ningún gobierno es capaz de domar los grandes intereses del capital financiero. Diversos investigadores[4] descartan la complementariedad entre el capital extranjero y el crecimiento económico. Desde su punto de vista, los países que crecen más son los menos dependientes al capital extranjero, y el capital extranjero fluye hacia los sectores de menor productividad.  Aún más, cuando el capital externo se dirige hacia los países en desarrollo con crecimiento acelerado, la debilidad del sistema financiero doméstico les impide absorberlo para financiar el crecimiento. Al revaluarse la moneda nacional, se reduce la rentabilidad de las inversiones más allá del efecto derivado de las ineficiencias del sistema financiero, se perjudica la producción y el empleo en los sectores comercializables, se restringen las exportaciones y se estimula las importaciones. Estos efectos son particularmente nocivos para las manufacturas. Parece cada vez más claro que en México, luego de la liberalización, la inversión no ha crecido al ritmo de la población económicamente activa empleada, de manera tal que la dotación de capital por trabajador en 2009 fue 9% menor que el nivel máximo de 1982. El consecuente rezago tecnológico de México lo ha situado en desventaja respecto a sus competidores internacionales.

La productividad, el empleo y los salarios

Uno de los objetivos centrales de vincular los precios internos a los externos es elevar la productividad laboral a niveles internacionales. Pero este es un objetivo no del todo logrado. Así por ejemplo, la productividad laboral total de 2010 fue 9% inferior a la de 1981, el año de máxima productividad. Esta evolución está afectada por la eficiencia del sector petrolero, que en 1981 aún disfrutaba de elevados precios y del descubrimiento del mega campo Cantarell.

La productividad de los sectores transables, la agricultura, la minería y las manufacturas evolucionó de forma más positiva, aunque no del todo satisfactoria si se compara con los niveles de 1980-81. Los avances en productividad han ido acompañados por reducciones muy intensas en el empleo y por incrementos muy reducidos en el producto sectorial, con lo cual ha disminuido la intensidad laboral del producto sin una expansión correspondiente de éste. Lo anterior sugiere cambios en la estructura del PIB y del empleo totales a contrapelo de lo esperado. Se han contraído los sectores transables y crece el sector servicios y la construcción, más en el empleo que en el PIB, con lo cual se reduce su productividad. Así, el sector informal se ha expandido considerablemente y en 2010 concentró cerca del 57% de la fuerza laboral ocupada. La informalidad afecta las manufacturas gravemente. Basta mencionar que en 2009, el 93% de los establecimientos manufactureros censados tenían menos de 10 trabajadores y concentraron el 24 %del empleo. Su productividad por trabajador  en ese mismo año fue ocho veces menor que las grandes empresas y seis veces inferior al total de las empresas. Esto debido, entre otras cosas, a que su dotación de capital fue veinte veces menor que las empresas de más de mil trabajadores y casi cinco veces más pequeña que el promedio de los establecimientos.

No puede sorprender entonces que se hayan estancado las remuneraciones medias reales y deteriorado los salarios reales mínimos de toda la economía y de los manufactureros. El gráfico No. 4 no demanda comentarios. Si bien ha crecido la proporción de los trabajadores que devenga hasta dos salarios mínimos, y se ha reducido la de aquellos que perciben hasta uno, esta mejoría relativa no sugiere una mejoría de los ingresos pues, en términos reales, dos salarios mínimos de 2010 representan sólo el 62% de uno de 1980. Por ello, se ha reducido el efecto del crecimiento sobre la reducción de la, pues ésta depende más de las remesas y de las transferencias focalizadas, cuyo impacto de largo plazo está bajo escrutinio.

Gráfico 4
Evolución de los salarios reales, medios y mínimos.
1980-2010  Índice Año 2000= 0

Fuente: Basado en Puyana 2011, Economic Growth, employment and poverty reduction: A comparative analysis of Chile and Mexico, OIT, Employment Sector Working Paper No. 78, ISBN 978-92-2124784-5.

Cerca del 50% de la población padece pobreza patrimonial y la proporción crece en las áreas rurales al 60%. Tampoco es evidente el impacto del crecimiento sobre la concentración del ingreso, el cual, medido por el índice GINI de concentración del ingreso fue, en 2009, superior al 50%. Ni las remesas ni el gasto público tienen algún efecto importante sobre este índice.

Conclusiones

El panorama descrito no requiere conclusiones extensas, salvo quizás que el modelo de economía abierta seguido por México, con plena liberalización comercial y de capitales, si bien ha redundado en ampliación de las exportaciones y de las importaciones, no ha inducido los cambios esperados en términos de productividad, elevación de la eficiencia productiva, creación de mejores y bien remunerados empleos y generación de ingresos.

Las recomendaciones de política se deben orientar a crear las bases para el crecimiento de la productividad y la integración de mayores contingentes de trabajadores a las cadenas productivas más eficientes y vinculadas con las exportaciones. En la misma línea, se deberá eliminar la discriminación en contra del trabajo y el valor agregado domésticos derivados de las políticas monetaria y cambiaria centradas en el control de la inflación, así como recurrir a todos los mecanismos e instrumentos disponibles en la OMC para instrumentar políticas sectoriales en este sentido.

*Profesora e investigadora, FLACSO, México. apuyana@flacso.edu.mx

[1] Puyana, A. & Romero, J. (2009), México. De la Crisis de la Deuda al Estancamiento Económico, El Colegio de México.

[2] Puyana, A. (2011), "Economic Growth, Employment And Poverty Reduction: A Comparative Analysis of Chile and Mexico with references to Argentina, Brazil and Colombia", en Puyana, A. y Okuro, S. 2011, Strategies Against Poverty ‘Designs From The North And Alternatives From The South', CLACSO-CROP, Buenos Aires.

[3] Puyana, A. (2011), Economic Growth, employment and poverty reduction: A comparative analysis of Chile and Mexico, OIT, Employment Sector Working Paper No. 78, ISBN 978-92-2124784-5.

[4] Prasad, Eswar, Rajan, Raghuram G, and Arvind Subramanian (2007). "Foreign Capital and Economic Growth," Brookings Papers on Economic Activity, 2007, 1, 153-209.

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