Productividad agrícola de la mujer rural en Centroamérica y México

12 August 2012

La participación de las mujeres en la producción agropecuaria se ha incrementado. Su ingreso económico es parte importante del sustento familiar y de ellas depende la seguridad alimentaria de numerosos hogares rurales en Centroamérica y México. No obstante, tienen un limitado acceso a recursos productivos, por lo que la creación de incentivos apropiados que puedan convertirlas en un motor de desarrollo, favoreciendo la distribución del ingreso y mejorando el capital humano de futuras generaciones.

Las mujeres, principales responsables de la alimentación y cuidado del hogar, han incrementado su participación en el mercado laboral y en la producción agropecuaria. Sin embargo, diversas barreras les impiden desempeñar un papel más activo en el desarrollo económico de los países de la región. En términos generales, tienen poco acceso a recursos productivos y créditos, y en la gran mayoría de los casos carecen de asistencia técnica y capacitación necesaria para mejorar su productividad. Pocas poseen tierras, o bien cuentan con extensiones reducidas y de baja calidad.

El mayor obstáculo para el empoderamiento y desarrollo de la mujer rural es la falta de recursos, ya que la diferencia en el acceso a servicios financieros es más acentuada en las zonas rurales. Por ejemplo, en El Salvador y Nicaragua solamente el 12% de los hombres y 7% de las mujeres tienen acceso al crédito. Mejorar el acceso al crédito permite aumentar su ingreso, poder de decisión, autoestima y posición en el hogar y la comunidad. Cabe mencionar que algunas instituciones financieras, sobre todo de microcrédito, prefieren tratar con mujeres debido a que muestran mayor disciplina en los pagos. No obstante, éstas enfrentan obstáculos para acceder al crédito debido a la elevada carga de trabajo (remunerada y no remunerada), baja educación (lo que dificulta los trámites) y pocas garantías, desalentándolas a emprender nuevas actividades con mayor remuneración.

La mujer rural en el sector agropecuario

En promedio, la participación de la agricultura en la economía es menor al 10% y sólo en Panamá y México es de un 2%. Durante las dos últimas décadas, la proporción de mujeres económicamente activas (PEA) en el medio rural se duplicó, creciendo por encima de ese mismo segmento rural (véase cuadro 1). En el caso de Guatemala y Honduras, es interesante notar que la participación de las mujeres rurales era de apenas un 7% y 8% para el año 1980, la cual incrementó notablemente a un 30% y 24% en 2010, respectivamente.

Cuadro 1 (ver PDF adjunto).

A pesar del decrecimiento del sector agropecuario en el PIB, éste sigue siendo una fuente importante de empleos. En Honduras, Nicaragua y México, la mitad de los hombres jefes de hogar rurales se emplean en alguna actividad agropecuaria. Las mujeres ocupadas en este sector representan un porcentaje importante en Guatemala (17,5%), México (15,1%), Honduras (14,2%) y Nicaragua (9,1%). En países como Costa Rica, El Salvador y la República Dominicana su participación es menor, entre 2% y 4%.

La ocupación y el ingreso agrícola

En algunas investigaciones se ha encontrado que existen diferencias de género en la obtención de los rendimientos e ingresos. Esto no significa que las mujeres sean agricultores menos eficientes, más bien esta desigualdad es un reflejo de la diferencia de oportunidades dentro del sector. Si se compara el ingreso agrícola mensual de mujeres y hombres jefes de hogar, se observan grandes diferencias entre países. En todos los casos las mujeres tienen ingresos menores (véase cuadro 2). En El Salvador, Guatemala y México su ingreso representa casi la mitad del de los hombres. Contrasta el caso de Honduras, donde los ingresos de ambos géneros son similares.

Cuadro 2 (ver PDF adjunto).

Debido a que se ocupan del cuidado del hogar y de los hijos, las mujeres tienen menos tiempo disponible para el trabajo remunerado. Cuando se divide el ingreso proveniente de actividades agrícolas entre las horas trabajadas, se observa que son tan productivas como los hombres, y en algunos casos, como Costa Rica, El Salvador y Honduras, su productividad es incluso mayor.

El trabajo de la mujer se ha convertido en una parte importante del sustento familiar de los hogares rurales ya que producen la mayor parte de los alimentos para el autoconsumo. La necesidad de diversificar el ingreso del hogar las lleva a emplearse como productoras independientes, trabajadoras familiares no remuneradas o trabajadoras agrícolas asalariadas. Sin embargo, el trabajo remunerado de las mujeres en Latinoamérica se concentra en el sector de exportación agrícola no tradicional, particularmente en la producción y el envasado de verduras, frutas y flores para los mercados de Estados Unidos y Canadá, que son los principales compradores agrícolas de Latinoamérica.

El comercio de productos agropecuarios se ha incrementado en la región durante la última década. Las exportaciones crecieron alrededor de 8% en promedio anual, y las importaciones cerca de 10% (véase grafico 1). La producción agrícola de gran escala dedicada a la exportación ofrece mayores oportunidades laborales. En contraste con la producción de productos agrícolas tradicionales, este tipo de producción emplea más mujeres, pero las contrata durante períodos limitados. Los análisis de Lastarria-Cornhiel y Deere y León  demuestran que aunque la demanda de trabajo en el área de exportaciones agrícolas de alto valor creó oportunidades de trabajo, las mujeres ocupan la mayor parte de los empleos temporales, realizando tareas intensivas con remuneraciones menores, largas jornadas de trabajo, menor acceso a capacitación y sin prestaciones sociales.

Grafico 1 (ver PDF adjunto).

Productividad femenina rural: los casos de Guatemala y El Salvador

Aumentar la productividad de las mujeres rurales es esencial para reducir la pobreza en Centroamérica y México, pues representan una parte importante de la fuerza de trabajo rural. En 2010 constituyeron aproximadamente el 28% de la población económicamente activa (PEA) rural. Un incremento en su producción e ingreso tendrá efectos sobre los alimentos disponibles en los hogares, y por lo tanto, sobre la salud y nutrición de los integrantes de los mismos. De esta manera se mejorarán las condiciones del 40% de los hogares rurales pobres centroamericanos, donde ellas ostentan la jefatura.

Hay que mencionar, sin embargo, que la importancia de la agricultura en relación al PIB ha disminuido en los países centroamericanos. La inseguridad alimentaria además propicia la necesidad de una estrategia que incentive a las mujeres a convertirse en productoras de alimentos y generadoras de ingresos de sus familias. En tal sentido, hay que tomar en cuenta que el ingreso agrícola depende de características individuales como educación, edad, experiencia; y también del hogar, como número de ocupados, tenencia de la tierra, maquinaria agrícola, activos productivos, entre otros. La participación en actividades agrícolas también puede variar dependiendo del sexo, edad y educación. Existen factores como la falta de activos y tiempo que afectan la decisión de una mujer sobre trabajar en la agricultura. Por ejemplo, mujeres más educadas preferirán trabajar en actividades con mayor remuneración, como los servicios. De igual forma, la probabilidad de que una mujer realice actividades agrícolas depende de los ingresos no laborales y de la presencia de hijos pequeños en el hogar.

Pero pese a esta situación, buscar herramientas que rompan con la transmisión intergeneracional de la pobreza es un desafío para los países de la región. Invertir en capital humano femenino significa promover la educación y la salud de nuevas generaciones,  pues  la educación aumenta las posibilidades de encontrar un trabajo mejor remunerado y crear nuevas opciones de empleo. Un dato revelador en la región, por ejemplo, es que el promedio de escolaridad entre las mujeres jefas de hogar es de 3,8 años. Es esencial que los agricultores tengan una educación básica sólida que permita el intercambio de conocimientos técnicos entre agricultores, científicos y/o funcionarios, facilitando la adopción de nuevas tecnologías.

Ramírez se realizó una estimación para el caso de Guatemala y El Salvador a fin de medir las diferencias en productividad agrícola, donde se aplicó una corrección para eliminar el sesgo por autoselección. Los resultados indican que cada año de escolaridad incrementa el ingreso independientemente del género del jefe de hogar (en el caso de las mujeres el incremento es de 10% y en los hombres es alrededor de 4% en El Salvador y 6% en Guatemala). Existe una relación positiva entre el tamaño de la superficie que se posee y el ingreso. Si la superficie que poseen las mujeres aumentara en una manzana, su ingreso crecería 30% en Guatemala y 12% en El Salvador. Además, si obtienen un crédito el ingreso se incrementaría en ambos casos. Lo anterior demuestra la necesidad de financiamiento de los pequeños agricultores.

Asimismo, el análisis de la descomposición de la brecha del ingreso por sus determinantes considerados mostró que si las mujeres tuvieran la misma educación que los hombres su ingreso incrementaría en, 5% y si tuvieran la misma extensión de tierra que los hombres su ingreso aumentaría 10% en El Salvador y 37% en Guatemala. Igualmente, si fuera posible que las mujeres dedicaran las mismas horas que los hombres al trabajo agrícola su ingreso aumentaría 20%.

Lo anterior significa que las mujeres aprovechan de mejor manera los activos que poseen. Dotarles de mayor educación, mayor superficie de tierra e incentivos para que dediquen más horas a actividades productivas incrementaría su ingreso y el bienestar de su familia.  De esta forma se confirma que la diferencia en el ingreso de ninguna manera se debe a diferencias biológicas, sino que la brecha es un reflejo de las diferencias culturales o sociales que discriminan en la dotación de recursos.

Conclusiones

Los hogares de bajos ingresos dependen cada vez más del trabajo de las mujeres, pero su capital humano se encuentra subutilizado. Las limitaciones en educación, recursos y tiempo generan menos posibilidades de producción agrícola suficiente o empleos mejor remunerados. Para incrementar sus ingresos se requiere mayor educación, acceso a microcréditos, insumos productivos, capacitación y accesos a mercados mejor pagados.

La sociedad debe reconocer la aportación de las mujeres y reconocerlas como un grupo estratégico que tiene en sus manos la producción y suministro de alimentos, capaz de lograr la seguridad alimentaria de los países centroamericanos y México. Lo anterior implica un cambio en la estrategia de políticas sociales para dejarlas de ver como grupos vulnerables, que requieren asistencia, y considerarlas como agentes económicos que necesitan un impulso para convertirse en generadores de riqueza y desarrollo en sus comunidades.

Existen sectores específicos donde se emplean mujeres, como las exportaciones agropecuarias, por lo que el crecimiento de este sector ofrece grandes oportunidades de empleo remunerado. No obstante, se debe velar porque se respeten los derechos laborales y se ofrezcan prestaciones sociales y de capacitación adecuadas.

Incrementar la productividad agrícola asegura la existencia de alimentos en los hogares. Las mujeres pueden ser tan productivas como los hombres. Con las herramientas necesarias, pueden convertirse en un motor de desarrollo en los países centroamericanos y México. Es por eso que la formulación de políticas públicas que promuevan igualdad y desarrollo equitativo debe integrar la perspectiva de género y considerar el potencial productivo. El reconocimiento de la igualdad en la distribución de responsabilidades, oportunidades y derechos es sin duda una condición necesaria para promover sociedades justas e incluyentes.

*Oficial de Programa, Unidad de Desarrollo Agrícola de la Subsede regional de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). diana.ramirez@cepal.org

FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) (2005), El enfoque de género en los PESA de Centroamérica, Honduras, junio.

Las horas trabajadas por las mujeres varían según el país en un rango de 21 a 37 horas por semana. Sin embargo, en promedio, las mujeres dedicadas a alguna actividad agrícola trabajan menos horas que los hombres (70% de las horas totales de los hombres), lo cual puede explicarse por las múltiples actividades desempeñadas por las mujeres dentro del hogar

Deere, Carmen y León, Magdalena (2005), "La brecha de género en la propiedad de la tierra en América Latina", en Estudios Sociológicos, Vol. 23, No. 2.

Lastarria-Cornhiel, Susana (2006), "Feminization of Agriculture: Trends and Driving Forces", disponible en http://tinyurl.com/ctrccto (consulta: agosto 2011).

.Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (CELADE), Sistema de Indicadores Sociodemográficos de Población y Pueblos Indígenas, disponible en http://www.eclac.cl/celade/ (consulta: agosto 2011).

Ramirez, Diana (2011), Productividad agrícola de la mujer rural en Centroamérica y México, CEPAL.

Heckman, James J. (1979), "Sample selection bias as a specification error", en Econometrica, Vol. 47, No. 1, The Econometric Society, Nueva York.

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