El boom de las commodities ante la fragmentación internacional de la producción: una perspectiva ambiental desde el Sur global

30 August 2018

Desde inicios de los años 2000, el boom de las commodities produjo un crecimiento sin precedentes del consumo material a nivel global[1]. Muchos factores apuntaban hacia un nuevo patrón del comercio internacional, en el que se destacaba una mayor participación de los países emergentes. China se convirtió en el mayor consumidor mundial de muchos productos básicos (como la soja, el mineral de hierro y, más recientemente, el petróleo), ampliando sus importaciones e intensificando la especialización primaria en países de África y América Latina. Además, luego de tres décadas de precios relativamente estables y reducidos, desde inicios del siglo XXI la mayoría de las commodities sufrió una gran valorización, beneficiando a los países exportadores.

 

Lo que esta historia no cuenta, incluso cuando analizamos indicadores económicos y biofísicos convencionales, es que las economías avanzadas desempeñaron un papel crucial en la ampliación del consumo de materias primas y, por ende, en el boom de las commodities. Esto es porque, ante la creciente fragmentación internacional de la producción global, cada país ha tendido a especializarse en actividades puntuales de las cadenas productivas, asociadas a diferentes perfiles de materiales y consumos energéticos, sin que ello tenga consecuencias sobre su propio patrón de consumo – que puede incluso redundar en esquemas contra-intuitivos (esto es, menos sostenibles frente a una especialización productiva en activos intangibles).

 

En este texto, argumento que si se ignoran los cambios cualitativos producidos en la estructura del comercio internacional en las últimas décadas, se podrá: i) subestimar las desigualdades ecológicas globales entre el Norte y el Sur, derivadas de los intercambios en el mercado internacional; y ii) sobreestimar la trayectoria de “desmaterialización” de las economías avanzadas. La comprensión de estas desigualdades ecológicas es ciertamente crucial para la formulación de estrategias para América Latina, compatibles con la necesidad de incrementar los patrones de consumo de su población y de promover un desarrollo ambientalmente sostenible.

 

Hipótesis de la desmaterialización

 

Las casi tres décadas siguientes a la Segunda Guerra Mundial se caracterizaron no solo por una tasa alta y constante de crecimiento económico, sino también por una gran expansión del consumo material y energético, especialmente en los países desarrollados. Este crecimiento del consumo material ha propiciado una perspectiva alarmista sobre los efectos ambientales del crecimiento económico, incluyendo el famoso informe sobre los límites al crecimiento (The Limits to Growth)[2]. Las proyecciones del informe indicaban que el incremento continuo de la actividad económica podría ser minado hacia fines del siglo XXI por el agotamiento de los recursos naturales. Sin embargo, un año después de la publicación del informe, la economía capitalista ingresó en un prolongado período de crisis y se redujeron significativamente las tasas de crecimiento de consumo de materias primas. Dado este nuevo contexto económico – y a fin de proporcionar un soporte teórico a tal evidencia empírica –, surgió la "hipótesis de la intensidad de uso", que sería una precursora de las hipótesis de la desmaterialización y de la Curva de Kuznets Ambiental.

 

El esbozo teórico que conduciría a la hipótesis de la Intensidad de Uso (IU) fue desarrollado por Wilfred Malenbaum[3]. En su trabajo, la IU era expresada por la relación entre consumo material en toneladas en el año t (Mt) y el producto bruto interno (PBI) en el año t (PBIt): IU = Mt / PBIt. Malenbaum identificó que, en Estados Unidos, minerales como hierro y acero, manganeso, cobre, zinc y estaño alcanzaron su pico de la IU hasta los años 1950; tungsteno, cobalto y níquel en los años 1960; y el cromo, platino y aluminio posiblemente solo después de 1970. Adicionalmente, el autor sugirió que la trayectoria de la IU en relación al ingreso per capita, que podría ser descrita por una curva en formato de U-invertido, era similar en todas las economías. Y también que la máxima IU podría ser alcanzada en torno al mismo nivel de PBI per capita en diferentes países o regiones. En términos generales, aquí ya tenemos las proposiciones básicas que constituirían la hipótesis de la desmaterialización. Es decir, se asume que hay un mismo patrón de IU de materiales para todas las economías, cuya intensidad aumenta hasta alcanzar un nivel máximo (cerca del mismo nivel de PBI per capita para todos los países) y, entonces, decrece en niveles más avanzados de desarrollo.

 

También, en el debate ambiental de los años 1990, cuando hubo disponibilidad de un gran conjunto de datos sobre contaminantes, la hipótesis de la curva U-invertida fue probada para indicadores de calidad ambiental contra el ingreso – particularmente, indicadores de contaminación. De manera similar a la hipótesis de la IU, la observación empírica sugería que la presión ambiental crecía más que el ingreso en las etapas iniciales del desarrollo económico de una economía, y se apartaba del crecimiento económico después de un cierto nivel de ingreso per capita. En los estudios pioneros, esta relación entre impacto ambiental y crecimiento económico fue llamada Curva de Kuznets Ambiental[4]. Así, al enfatizar el carácter ambiental de la hipótesis de la desmaterialización, estos estudios realmente estaban sosteniendo que el crecimiento económico puede implicar – más que una amenaza – una mejora ambiental. En otras palabras, la hipótesis de la Curva de Kuznets Ambiental indicaba que el propio desarrollo económico solucionaría los problemas ambientales por él generados.

 

El boom de las commodities bajo la perspectiva del consumo final

 

La hipótesis de la desmaterialización es compatible con la idea de que el boom de las commodities habría sido alimentado por el consumo material generado por el desarrollo de las economías asiáticas, particularmente China. De hecho, el informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP, por su sigla en inglés) para Asia y el Pacífico muestra que estas regiones son las que esencialmente han dictado el ritmo del crecimiento del uso material global, mientras que el resto del mundo ha utilizado una cantidad anual de material más o menos estable[5]. Solo China, entre los años 1970 y 2005, habría aumentado su consumo doméstico anual de 2 a 35 toneladas per capita, alcanzando niveles próximos a la media de los países europeos. Es por ello que hay una creciente y justificada preocupación por las consecuencias medioambientales derivadas del rápido desarrollo de los nuevos países emergentes[6].

 

Sin embargo, tomando como base el consumo final – considerando los recursos materiales utilizados para satisfacer el patrón de consumo de cada país –, encontramos evidencias muy diferentes. El informe Global Material Flows and Resource Productivity del UNEP proporciona la información más precisa disponible sobre la magnitud de estos recursos[7]. Aunque no sobrepasen directamente las fronteras nacionales, estos recursos son directamente movilizados por la producción de bienes finales a ser exportados. De acuerdo con los datos presentados en el informe, más de 10 mil millones de toneladas de materiales se exportaron globalmente en 2010. Sin embargo, estos materiales exportados demandaron una cantidad mucho mayor de flujos materiales ascendentes para su producción que lo que viene usualmente descrito por las estadísticas de comercio internacional. En las estimaciones del UNEP, basadas en un análisis de la matriz insumo-producto, los recursos requeridos para la producción de bienes comercializados internacionalmente, pero que permanecieron en el país exportador (por ejemplo, los materiales incorporados en las estructuras industriales de los sectores exportadores), sumaron alrededor de 30 mil millones de toneladas – tres veces más que la cantidad de recursos efectivamente exportados.

 

A partir del análisis de la balanza comercial de materias primas (RTB, por su sigla en inglés) que, en contraposición a la balanza comercial física (PTB, por su sigla en inglés), también tiene en cuenta estos flujos de materiales necesarios para la producción de cada tonelada de producto exportado, el UNEP concluyó que, en términos globales, los importadores netos de materiales son solo América del Norte y Europa. La región Asia-Pacífico es principalmente exportadora líquida, porque gran parte de la materia prima aparentemente consumida en la región se utiliza en realidad para producir bienes manufacturados destinados a la exportación. Además, al contrario de lo que la hipótesis de la desmaterialización podría sugerir, América del Norte y Europa tuvieron una importación neta (basada en la RTB) elevada y creciente a lo largo de las décadas de 1990 y 2000 (con excepción de finales de la década de 2000 a causa de la última crisis financiera global). En 1990, América del Norte y Europa presentaron una importación neta de, respectivamente, 0,7 y 2,3 toneladas per capita. En 2010, la importación neta para ambas regiones se calculó en 7,6 toneladas per capita. Es decir, el consumo final de los países de América del Norte y de Europa necesariamente desempeñó un papel importante para el crecimiento de la demanda de materias primas a lo largo de los años 2000 y, por lo tanto, para la existencia del llamado boom de las commodities.

 

Patrones de consumo y apropiación de valor en las cadenas productivas globales

 

Cuando se tiene en cuenta la existencia de materiales utilizados en otros países para la producción de los bienes importados, el perfil de crecimiento de la importación neta de América del Norte y de Europa puede ser explicado por el desplazamiento para otras regiones menos desarrolladas de las actividades y procesos industriales intensivos en recursos naturales. El comercio internacional reforzaría así el peso de los sectores "desmaterializados", como servicios e información, en la estructura de las economías avanzadas. Así, ese "efecto estructural", que es enfatizado tanto en la Curva de Kuznets Ambiental como en la hipótesis IU, podría ser, en realidad, solo el resultado de un "efecto desplazamiento"[8]. Es decir, cambios en la estructura de producción en las economías avanzadas no serían acompañados por cambios equivalentes en su patrón de consumo. En otras palabras, el patrón de consumo en las economías avanzadas, a pesar de la alteración de su estructura de producción, se mantendría inalterado debido al uso creciente de recursos más allá de las fronteras nacionales de esos países.

 

Evidentemente, este proceso de desplazamiento global es fruto de la creación de cadenas globales de valor que se produjeron intensamente a partir de los años 1980, especialmente después de la liberalización y desregulación de los mercados comerciales y financieros. Por un lado, la importancia creciente de las cadenas globales de valor generó economías más interconectadas, de tal modo que cada país tiende a especializarse en actividades específicas o etapas de las cadenas, y no más en un complejo industrial propiamente dicho. El comercio internacional ha dejado de consistir únicamente en el intercambio de materias primas y bienes finales, para focalizarse crecientemente en un intercambio de bienes intermedios. En 2014, el volumen total de bienes intermedios en el total del comercio ya alcanzaba el 46%[9]. Por otro lado, el proceso de desplazamiento jamás significó la transferencia de ramas completas de la actividad económica de los países del Norte a los países del Sur. Al contrario, un conjunto importante de actividades permaneció en las economías avanzadas, especialmente las actividades relacionadas a las dos puntas de la cadena de producción – diseño, investigación y desarrollo por un lado, marketing y servicios de comercialización, por el otro. Estas actividades, en las que hay espacio para el uso de tecnologías sofisticadas, presentan una mayor apropiación de valor que actividades menos sofisticadas, que en gran parte se desplazaron a países menos desarrollados.

 

De esta forma, un país que tenga mayor capacidad de concentrar actividades intangibles – aquellas que capturan la mayor parte del valor agregado generado por los procesos productivos – será un país que, manteniendo constante todo el resto, necesariamente reducirá su intensidad de uso de material. Esta reducción es, evidentemente, amplificada por el hecho de que las actividades que generan mayor valor agregado son justamente las que se concentran en la punta de las cadenas de valor y se basan en procesos intangibles como diseño y marketing. Así, no es mera coincidencia el hecho de que las economías avanzadas, que concentran las actividades que capturan mayor valor agregado, son las más exitosas en promover procesos de desmaterialización de sus economías. La simple observación de la relación entre consumo de material doméstico y PBI oscurece ese hecho, pues no revela que estas economías dependen crecientemente de la producción realizada en economías menos desarrolladas, incluso para sostener tasas, aunque modestas, de crecimiento de la actividad económica.

 

El problema es que la insostenibilidad de esas economías, supuestamente desmaterializadas, es sentida por otros países, que sustentan materialmente las etapas tangibles de los procesos productivos. Así, para las economías del Sur global, conquistar una mejor inserción en las cadenas globales de valor es, por un lado, una forma de aumentar la apropiación de valor agregado de estas cadenas, mejorando su desempeño económico. Pero también es, por otro lado, una forma de avanzar hacia un desarrollo más sostenible, que permita ampliar el patrón de consumo de parte de su población sin comprometer tan drásticamente el medio ambiente. Al final, se trata de buscar una mejor asignación de los recursos naturales escasos que, como muestran las evidencias presentadas a lo largo del texto, hasta ahora han sido utilizados principalmente para retroalimentar patrones de consumo ya elevados, y no para satisfacer otras demandas más urgentes y necesarias.

 

* Beatriz Saes es profesora del Departamento de Economía de la Facultad de Economía y Administración de la Universidad de São Paulo (FEA-USP).




[1] Véase: West, J.; Schandl, H. Material use and material efficiency in Latin America and the Caribbean. In: Ecological Economics, Vol. 94, 2013, pp. 19-27.

[2] Véase: Meadows, D.; Meadows, D.; Randers, J.; Behrens III, W. The Limits to Growth. Nueva York: Universe Books, 1972.

[3] Véase: Malenbaum, W. World demand for raw materials in 1985 and 2000. New York: McGraw-Hill, 1978.

[4] Véase: IBRD. World Development Report 1992: Development and the Environment. Nueva York: Oxford University, 1992.

[5] Véase: UNEP. Resource efficiency: Economics and outlook for Asia and the Pacific. Bangkok: UNEP, 2011. Una versión actualizada fue publicada en el 2013: UNEP. Recent trends in material flows and resource productivity in Asia and the Pacific. Bangkok: UNEP, 2013.

[6] Véase: Hashimoto S., M.; Fisher-Kowalski, S.; Suh, XM. Bai. Greening growing giants: a major challenge of our planet. In: Journal of Industrial Ecology, Vol. 16, No. 4, 2012, pp. 459-466.

[7] Véase: UNEP. Global Material Flows and Resource Productivity: Assessment Report for the UNEP International Resource Panel. Paris: UNEP, 2016.

[8] Véase: Dinda, S. Environmental Kuznets Curve Hypothesis: a survey. In: Ecological Economics, Vol. 49, 2004, pp. 431-455.

[9] Véase: UNCTAD. Trade and Development Report 2016: Structural transformation for inclusive and sustained growth. Ginebra: UNCTAD, 2016.

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