Un contrato socio-tecnológico para América Latina

23 April 2018

¿Cómo afectará la automatización acelerada a la integración y el comercio en América Latina? Estas son las dos preguntas clave que se están planteando, producto de las actuales tecnologías en exponencial crecimiento. A la luz de la Cuarta Revolución Industrial, la robotización busca transformar la matriz productiva, y nosotros debemos garantizar que esos cambios tecnológicos mejoren la igualdad social.

 

La Cuarta Revolución Industrial – y las tecnologías disruptivas que fomentan dichos cambios – han creado nuevos mercados de la nada. La Federación Internacional de Robótica estima que más de 1.3 millón de robots industriales operaron en fábricas de todo el mundo en 2017. Alrededor del 75% de estos robots se concentran en cinco países desarrollados – entre ellos, Corea del Sur, Alemania y Japón registran las mayores concentraciones de robots por trabajador industrial[1]. Como consecuencia de este proceso, muchos bienes y profesiones se han vuelto obsoletos, incentivando a las empresas a diseñar estrategias para satisfacer nuevas necesidades. Los sistemas educativos también han buscado formas de mantenerse a tono con el ritmo, a menudo frenético, de los nuevos requerimientos de habilidades.

 

En América Latina, la cantidad de robots sigue siendo pequeña: 27.700, principalmente en México y Brasil. Sin embargo, las tendencias observadas en otras regiones nos invitan a pensar el futuro. ¿Tiene América Latina algo que decir sobre estas transformaciones tecnológicas disruptivas? ¿Podemos traer una nueva perspectiva a la mesa, abordando el problema con un enfoque humanista? Aún tenemos que organizar las estrategias preventivas y proactivas que aprovechen los desarrollos tecnológicos y permitan cambiar el curso de la pobreza y la desigualdad en la región. Más importante aún, debemos forjar un contrato socio-tecnológico para América Latina que combine el conocimiento avanzado con la ciencia y un conjunto adecuado de principios.

 

Automatización y organización económica

 

En lo que refiere a comercio e integración, la automatización de puestos de trabajo transformará las cadenas globales de valor. Este fenómeno puede alentar la relocalización de las fábricas –lo que lleva, a su vez, a la sustitución de trabajadores por robots. Del mismo modo, la creciente oferta de trabajadores independientes que pueden trabajar de forma remota crea nuevas posibilidades para la organización de las cadenas de valor. Junto con cierto desencanto con los resultados recientes de la globalización, este proceso puede marcar el comienzo del fin de la producción descentralizada y las cadenas globales de valor que conectan las diversas partes del mundo. Martin Ford estima que al menos la mitad de todas las empresas estadounidenses con ventas anuales de más de US$ 10 mil millones están evaluando llevar las fábricas a su país de origen[2].

 

Al relocalizar los centros de producción, las empresas reducirían sus costos de transporte y se acercarían a sus consumidores. Estos nuevos esquemas de producción permiten a las empresas fabricar diseños a medida para cada cliente en cuestión de días, o incluso horas. Existen además otras oportunidades que se derivan de la automatización, como la reducción de accidentes, la mejora en las condiciones de trabajo, los mayores niveles de productividad y los menores costos. El comercio en sectores estratégicos también puede beneficiarse de este proceso, ya que la incorporación de robots parece estar asociada con un crecimiento en las exportaciones durante las primeras etapas del proceso de automatización[3].

 

¿Cómo afectará este proceso a América Latina? Por supuesto, las nuevas tendencias han creado nuevas oportunidades económicas. En Latinoamérica, los servicios basados en el conocimiento y las áreas más nuevas o menos establecidas – como las de FinTech, biotecnología, seguridad cibernética, sistemas de pago único, robótica de servicios y comercio electrónico – se han beneficiado de la automatización. Lo mismo aplica a los trabajos "verdes" intensivos en tecnología, como los relacionados con las energías renovables, la gestión forestal y el reciclaje.

 

La contracara de este proceso es que la automatización amenaza con llevar el desempleo tecnológico a niveles sin precedentes. Una parte sustancial de las exportaciones y el empleo en América Latina y el Caribe se concentran en actividades que corren el riesgo de ser automatizadas, como la manufactura intensiva en mano de obra, la extracción de recursos naturales y los servicios de mediana habilidad (contables, legales o de gestión, por ejemplo). Los trabajadores altamente capacitados tampoco son inmunes a estos cambios. En los últimos 10 años, bibliotecarios, traductores y agentes de viaje han visto caer el empleo en más del 20%. Ingenieros, matemáticos, abogados y contadores, junto con otros empleados de oficina en los sectores público y privado, también podrían verse afectados.

 

Enfrentando los desafíos futuros

 

Si la economía digital es el futuro, ¿cómo deberían responder los países latinoamericanos a las nuevas tendencias económicas? La región de América Latina y el Caribe necesita replantear su estrategia de desarrollo a largo plazo. La principal ventaja de la economía digital es la proliferación de servicios a un costo marginal cercano a cero. Dada la estructura económica actual de la región, esto también representa un desafío. Las esperanzas que se invirtieron en los commodities no han dado sus frutos, y las economías locales siguen sufriendo debido a su vulnerabilidad, en función de los ciclos de precios de los productos tradicionales de exportación[4]. La diversificación de las exportaciones a través de procesos que agregan valor a los productos básicos y la implementación de nuevas estrategias de desarrollo en las que la innovación es el motor del crecimiento son ingredientes fundamentales para encontrar la fórmula del éxito.

 

Las políticas de integración pueden desempeñar un papel en la creación de clusters de innovación y en el fomento de la creatividad a través de políticas de compras gubernamentales regionales. Además, los acuerdos comerciales deben adaptarse a las consecuencias de la Cuarta Revolución Industrial: las negociaciones se han quedado atrás respecto al proceso extremadamente rápido de cambio tecnológico. Actualmente, la arquitectura institucional y normativa de los acuerdos comerciales no está sincronizada con la innovación, y ésta es una brecha que debe necesariamente abordarse. Por ejemplo, el comercio de servicios basados en telerobótica y telepresencia requerirá esfuerzos multilaterales para armonizar normas y estándares obsoletos. Existe un precedente importante para la acción: como muestran Santiago Chelala e Inmaculada Martínez-Zarzoso[5] , los acuerdos comerciales han ayudado a cerrar la brecha tecnológica entre los países signatarios. Este resultado se deriva de los efectos indirectos de conocimiento que vienen con un mayor movimiento de bienes, servicios y personas, y con más transferencias de tecnología de empresa a empresa.

 

Nuestra misión es reconfigurar América Latina, mejorar su conexión con el mundo y su acceso a nuevos mercados, al tiempo que aumentar el comercio intrarregional y con el resto del mundo. Esta nueva convergencia será inevitablemente de naturaleza híbrida: en parte digital y en parte física. El "comercio de contenedores" y las lentas y complejas fronteras del pasado han dado lugar a formas de comercio más instantáneas. Los libros electrónicos son un buen ejemplo de esta tendencia, en donde también se incluye a servicios como la banca en línea y a nuevas formas de pago que combinan plataformas digitales con sucursales bancarias, que brindan además servicios cada vez más personalizados.

 

La economía digital también puede hacer que los sectores económicos tradicionales se vuelvan más eficientes. En todo el mundo, el 33% de los alimentos producidos anualmente se desperdicia debido a deficiencias y fallas en las cadenas logísticas. En ese sentido, los avances tecnológicos nos traen excelentes noticias. Tomemos el caso de la "Internet de las cosas": según Karthikeyan Natarajan y Fred Yentz[6], ésta puede reducir los tiempos de respuesta del servicio de atención al cliente en un 30%, y los costos de almacenamiento en un 15%. Del mismo modo, la "Internet de las cosas" puede predecir la demanda futura con una precisión del 90%. No es sorprendente que el 96% de las empresas de transformación y transporte afirmen que la "Internet de las cosas" ha sido la innovación más importante desde 2005.

 

Otro ejemplo interesante se encuentra en los avances recientes en el área de agricultura de precisión. La Unión Europea (UE) ha incentivado dos proyectos que apuntan a expandir la frontera tecnológica de la agricultura robótica: el proyecto Clever Robots for Crops (CROPS), y el proyecto Sweeper, que utiliza nanotecnología y nuevos materiales para automatizar la producción primaria. El objetivo de la UE es introducir en el mercado la primera cosechadora robotizada para invernaderos en el año 2020. América Latina no puede quedarse atrás mientras se producen estos avances, que borran los límites entre la industria y la agricultura y entre los bienes y los servicios.

 

De hecho, estamos presenciando nuevas sinergias y asociaciones que trascienden las fronteras entre las empresas y sus principales negocios, creando nuevas conexiones y complementariedades que eran impensables hasta hace poco tiempo atrás. Los ejemplos incluyen la reciente asociación entre Uber y la empresa brasileña Embraer para fabricar taxis voladores en 2020, o la asociación entre Google y Ford para producir automóviles sin tracción. De estas transformaciones estructurales, surgirán "ganadores y perdedores". ¿Cómo debemos abordar las tensiones sociales que se producen junto con la automatización acelerada?

 

Un contrato socio-tecnológico para América Latina

 

Estamos viviendo tiempos paradójicos: si bien nunca hemos creado tanta riqueza en la historia, no hemos podido garantizar una vida digna para todos. Los economistas Robert Solow y Dani Rodrik coinciden en que el éxito o el fracaso de la globalización dependerá de garantizar que los dividendos digitales se distribuyan equitativamente. Por lo tanto, es esencial repensar el Estado de Bienestar clásico. En la era de la automatización, no podemos esperar que los intereses individuales definan, de forma autónoma, la dirección o las prioridades de la cohesión social.

 

En cambio, necesitamos reglas de juego claras. En primer lugar, ¿qué impide la introducción de innovaciones en el proceso de negociación colectiva, allanando el camino para un plan de modernización a largo plazo basado en un contrato socio-tecnológico que reúna a los trabajadores, empresarios y el Estado? Los acuerdos multisectoriales ya se han implementado en Alemania, España, Francia y Reino Unido y han dado lugar a políticas industriales nacionales de tipo 4.0.

 

Como señala el economista Robert Aumann, la educación debería ser la prioridad principal de las políticas públicas. La mejor manera de prepararse para el futuro es con más y mejor educación. Los desafíos del cambio tecnológico exigen una educación de alta calidad que se centre en las habilidades que se necesitarán en el futuro. La clave es desarrollar las capacidades tecnológicas de los trabajadores, para que puedan interactuar diariamente con las máquinas y los robots en el trabajo. Por ejemplo, necesitamos promover la alfabetización de big data en América Latina, utilizando cursos masivos abiertos en línea que permitan democratizar el acceso al conocimiento. También es importante establecer marcos legales que garanticen a los trabajadores autónomos a distancia sus derechos legales, así como es necesario anticipar las dificultades que implican las nuevas formas de empleo para el financiamiento de la seguridad social.

 

La revolución educativa debe centrarse en las habilidades blandas, tales como la inteligencia emocional, la empatía y la creatividad. Si bien tener habilidades para resolver problemas es un atributo fundamental, tener la capacidad de plantear nuevas preguntas es un aspecto clave en el mundo económico que está por venir. Estas habilidades interpersonales serán importantes para los médicos, enfermeros, psicólogos, trabajadores sociales y maestros, ya que están en el corazón de las tareas que no pueden ser robotizadas. Al mismo tiempo, necesitamos crear redes de apoyo y una cobertura de seguridad social que ayude a las personas a realizar una transición efectiva hacia la economía digital. Necesitamos rediseñar las políticas sociales e implementar nuevos y más creativos programas de transferencias monetarias condicionadas que incluyan capacitación en habilidades tecnológicas. Del mismo modo, tenemos que analizar en profundidad las medidas paliativas, como el ingreso básico universal o los impuestos a los robots.

 

En el mismo espíritu, debemos promover la inversión en investigación y desarrollo (I+D), confiando no sólo en el sector público, sino también en los esquemas público-privados y en otras asociaciones con instituciones académicas. Las cifras actuales de I+D son alarmantes: los países de América Latina y el Caribe invierten solo el 0,7% de su producto interno bruto (PIB) total en estas actividades, mientras que en América del Norte y Europa la tasa media es del 2,5% y en Asia-Pacífico, de 2,1%.

 

Una receta completa para amortiguar el impacto del cambio tecnológico también debiera incluir otros ingredientes, como la diversificación de las exportaciones; la promoción de las pequeñas y medianas empresas; el incentivo a la "economía naranja" y las industrias creativas; la creación de incentivos para la cooperación internacional; la ampliación de las políticas redistributivas; y la mejora de las normas ambientales y de seguridad alimentaria. Dada la magnitud del desafío que se avecina, no hay tiempo que perder. Es nuestro deber estar preparados y crear las condiciones adecuadas para liderar la transición tecnológica hacia Estados más inteligentes y economías más sólidas e inclusivas.

 

* Gustavo Béliz es director del Instituto para la Integración de América Latina y el Caribe (INTAL), Banco Interamericano de Desarrollo.




[1] Véase: Pacini, B.; Sartorio, L. ¿Deslocalización o relocalización? El caso de la industria automotriz. In: Integración & Comercio, No. 42, 2017. Disponible en: ˂https://bit.ly/2xqg2Jx˃. 

[2] Véase: Ford, M. Rise of the robots: Technology and the threats of a jobless future. New York: Basic Books, 2015.

[3] Véase: Pacini, B.; Sartorio, L. (2017).

[4] Véase: Giordano, P. Downshifting: Latin America and the Caribbean in the new normal of global trade. In: Trade and integration monitor 2016, BID. Disponible en: ˂https://bit.ly/2f7QQ3g˃.

[5] Véase: Chelala, S.; Martínez-Zarzoso, I. ¿Sesgo anti-innovación? El impacto tecnológico de los acuerdos comerciales. In: Integración & Comercio, No. 42, 2017. Disponible en: ˂https://bit.ly/2xqg2Jx˃.

[6] Véase: ˂https://bit.ly/2HtZc4c˃.   

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23 April 2018
En un contexto de búsqueda de acuerdos supranacionales para facilitar y proteger el comercio y las inversiones, el autor discute la escasa atención que se ha dado a los derechos laborales a nivel internacional y analiza la incorporación, en los últimos años, de una “cláusula social” en los tratados internacionales.
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